Por Jaime Alberto Palacio Escobar*
En la historiografía de Envigado se evidencia que la Escuela Pública de Varones cuya construcción se inauguró en 1920 y a la que llamaron Escuela Modelo, adoptó el nombre de Escuela Fernando González en 1960. Infinita gratitud para los que hayan tomado esa decisión por varias razones:
Inmenso reconocimiento al filósofo de Otraparte, al dejar para la historia enclavado su nombre, nada más ni nada menos que en una escuela pública, donde se espera que la educación despliegue los valores de la comunidad y los derechos y deberes de los ciudadanos. Lo más significativo es que ese reconocimiento llegó unos pocos años antes de la muerte del maestro, como si fuera premonitoria la necesidad de dejar un legado que identificara el ser envigadeño.
De otro lado, esa fecha de 1960 fue un siglo después de la fundación de la primera escuela urbana privada de varones llamada posteriormente Escuela Modelo. Suena interesante en este análisis que crucemos las dos realidades:
- A la Escuela Modelo la denominaron Escuela Fernando González, quien ya había plasmado en su “escuelita” un modelo de educación para la libertad.
- La administración de Envigado reconoció que la institución modelo de educación pública debería conservar para siempre el nombre del maestro de Otraparte.
- Las instalaciones de la escuela fueron declaradas Patrimonio Nacional en 1995. Exaltada la construcción, podríamos agregar que simbólicamente lo fue también la institución que ha formado a miles de niños y adolescentes por más de cien años. La obra educativa en su integridad es un monumento de la educación pública, es decir, de la escuela moderna.

El paso de los años le pasó factura a la construcción antigua que hoy arriesga venirse abajo por los problemas estructurales en techos y muros. Desalojar a esa comunidad educativa fue una medida preventiva que nadie discute, a favor de salvaguardar la salud de los que permanecían allí todas las semanas.
Lo que es inexplicable es que la Modelo con su sistema de educación, con el sello de nuestro filósofo, haya quedado subsumida por decisión de administradores públicos bajo la sombrilla de otra institución educativa igualmente respetable y querida como es la José Manuel Restrepo. Es decir, el efecto de una delicada contingencia en la infraestructura, que obligó a trasladar a estudiantes, maestros y administradores a las instalaciones del JOMAR, trajo consigo la desaparición -de un plumazo- del símbolo de la educación pública, obra que, sin lugar a duda, todos en el municipio la reconocíamos como el verdadero sello de identidad del ser envigadeño. Quién lo haya aprobado con la constancia de su firma en un documento público de esos que se archivan, ¿habrá considerado que la cultura es la mejor prueba de vida y permanencia de una comunidad y así como tarda en hacerse vigorosa, debe ser respetada a lo largo de la historia?

Si aceptamos que somos una ciudad culta, educada y por muchos años llamada señorial, alguna controversia se debió haber planteado para preservar el valor histórico de la precursora de la educación pública. Acabar la Escuela Modelo sin ninguna consideración conocida por la comunidad, es parecido a cercenar un valor que se demoró cien años en fraguar y ser ampliamente reconocido por todos. Aunque sea pequeño consuelo que, a lo mejor poco importa, afortunadamente aún nos queda la “escuelita” en la Casa Museo Fernando González Otraparte.
*Envigadeño raizal, nacido en 1958. Autor de los libros: Al final de cuentas, qué hacemos en Gestión Humana (2008); La paz laboral, costo o inversión (2012); Envigadeñas (2021) y 150 años después –Julio Vives Guerra-. Colaborador habitual de la revista La Vitrola y de El Envigadeño Medio de Comunicación, publicaciones de Envigado.






