Por Jaime Alberto Palacio Escobar*
Imágenes realizadas con Inteligencia Artificial y de Pixabay.
Al centro agropecuario del SENA en La Salada (en Caldas, Antioquia) llegaban al inicio del año decenas de jóvenes del Suroeste antioqueño y de la región de Urabá para estudiar programas de aprendizaje en oficios relacionados con la agroindustria. En el segundo lunes de enero se bajaban de los buses muchachos con sus maletas cargadas de incertidumbres, miedos, sueños y anhelos por encontrar para su vida propuestas distintas a las vividas hasta el día en que fueron seleccionados para venir a la ciudad.
Después del saludo de los instructores se iniciaba la primera reunión oficial de bienvenida por parte de la dirección del centro. Los esperaba un año de permanencia completa con residencia, alimentación y una experiencia intensa de estudio, aprendizajes y vivencias nuevas.

Con los días, dos aprendices empezaron a sobresalir por su liderazgo natural, por su contextura corporal atlética, por su humor y por la sensación en el ambiente de que todos los recién llegados “les empezaron a copiar”. Eran Nato por el nombre de Natividad y Melgen: el primero, alumno de Técnica forestal y el segundo de Mecánica rural. Quienes los empezaron a conocer supieron que su cuerpo atlético era el resultado de muchos años de exigente preparación física, en tanto ambos crecieron con el mismo ideal: llegar a la cima como futbolistas profesionales. Nato de todas maneras sabía que tenía otras capacidades para desarrollarse en algún oficio del que pudiera vivir dignamente, en caso de no alcanzar la meta por tanto tiempo deseada. Melgen por el contrario no pensaba sino en la pelota, en una camiseta profesional y en un estadio lleno que lo deslumbrara y lo aplaudiera por una jugada maestra en el momento crucial de un partido.

Como las cosas no se daban en función del futbol en sus lugares de origen como ellos querían, surgió la posibilidad de la formación para el trabajo en Medellín. Nato así lo entendió y Melgen creía que era otra forma de acercarse a la realidad del fútbol de alto rendimiento en Antioquía.
El sistema de formación que los acogió, que no distinguía individualidades, no logró identificar las dos personalidades tan especiales que había detrás de esos dos nombres. Nato, más pragmático entendió que si se acomodaba, pronto volvería a su tierra con un título de formación profesional. Melgen, por el contrario, mostró una rebeldía natural que la disciplina del centro no codificó, claro, era imposible que un ser ingenuo y auténtico, criado en la playa, con el cielo y el mar para colmar sus miradas y deseos al infinito, cupiera en un taller de mecánica con una ventana y puerta cerrada. Toda la jornada de estudios se la pasaba mirando al firmamento y no podría estar bien en una cabina de soldadura dos horas diarias, que era una de las materias claves dentro del currículum como mecánico agrícola. Sólo dos profes lo entendieron y le dejaban sentarse cerca de la puerta abierta para que pudiera medio sentirse en su hábitat natural.

Pasados los meses no hubo manera posible de que la disciplina del centro armonizara con la libertad inocente de Melgen y los llamados de atención eran frecuentes. Optó por regresar a su tierra, con los estudios a mitad de camino y sin poder tener oportunidad en un equipo de fútbol de primera categoría de la Liga Antioqueña. Su intuición y algunos consejos de amigos lo convencieron de que era mejor insistir en su meta con la pelota desde su natal Turbo, cuna de prospectos, atletas y campeones. Nato logró terminar y graduarse, se gozó cada momento y hasta pudiera decirse que fue el personaje del año en el centro.
Años después, uno de los instructores del centro llegó a trabajar a una comercializadora de banano a Urabá y allá, en un día de entrevistas, vio a Nato que aspiraba un puesto como inspector de calidad. Se saludaron efusivamente, obtuvo el trabajo en el que no solamente se destacó, sino que fue un líder deportivo y social reconocido por todos.
El mismo profe recuerda a Melgen con el sinsabor de no saber qué pasó con su vida y con la desilusión de comprender que en el establecimiento no caben seres distintos con corazones llenos de verdades puras que, con su sensibilidad, alguien debería canalizar. El consuelo es que al volver a su tierra lo esperaban de nuevo el firmamento, la playa, el agua del mar y por supuesto la pelota, todo ello, su hogar natural. Es de imaginarse que a ese centro llegaron cada año muchos Natos, muchos Melgen, muchos Domicó (indígenas de Dabeiba), cada uno con una historia individual que a los responsables de su formación debería interesar para que, con sus metas de formación profesional alcanzadas, lograran regresar a contribuir en sus pueblos a una mejor calidad de vida y, evitar así que, como muchos, queden en el olvido.
*Envigadeño raizal, nacido en 1958. Autor de los libros: Al final de cuentas, qué hacemos en Gestión Humana (2008); La paz laboral, costo o inversión (2012); Envigadeñas (2021) y 150 años después –Julio Vives Guerra-. Colaborador habitual de la revista La Vitrola y de El Envigadeño Medio de Comunicación, publicaciones de Envigado.






