Por Jaime Alberto Palacio Escobar*
Un hombre de calle, de barrio, de historias ciudadanas y del campo, de la esquina, de los bares y de las tiendas mixtas, de la manga de fútbol. Así creció, estudió, convivió en familia, se relacionó con otros, y hace poco tiempo, se despidió.Él, en todos los instantes a lo largo de su existencia, en la que el verbo fue su permanente acción, su camino, su razón de existir. En el verbo se encarnó y con la palabra vivió para los otros en una inmejorable vocación de servicio. Hizo del lenguaje la mejor manera de relacionarse con todos los públicos sin distingos de ninguna naturaleza. Muy conocedor de su profesión y de su oficio, hasta el punto de que en su gremio muchos lo llegaron a considerar un experto. Con esas competencias trasegó por diversas culturas agropecuarias dentro y fuera del país. Allí donde llegó a ejercer su trabajo como médico veterinario, bien pronto lo reconocieron como el amigo de todos: de los propietarios, de los administradores, de los colegas, de los operarios.

Por su entrañable conexión con el verbo, desarrolló una jerga propia, que enriqueció con historias recogidas aquí y allá, con su extensa memoria y con su original sentido del humor. Así tuvo una vida plena en la que, con los dichos, los gracejos, las exageraciones, las metáforas, los encadenamientos lingüísticos mantenía cautivos y en una incesante risa a todos aquellos con los que cotidianamente conversaba.
Esa manera de ser de Diego Palacio Escobar, de habitar en el lenguaje, siempre estuvo presente en el bar, en la esquina del barrio, en la cancha, en la granja, en el potrero, en su casa, con su familia, con sus amigos. Su vida fue un hermoso Ethos en el que era casi que imposible distinguir la distancia entre las historias contadas y las propiamente vividas.
A la hora de buscar una interpretación homologada de lo que fue él, seguramente todos los que lo conocimos coincidiríamos que fue un personaje como salido de un tango. No en vano era el género musical que le cantaba mejor a su identidad. Sólo faltó que uno de sus más grandes amigos hubiera titulado ese tango a la manera del ejemplo de su sinigual existencia: La risa de Mochera, remoquete con el que cargó desde su infancia.

*Envigadeño raizal, nacido en 1958. Autor de los libros: Al final de cuentas, qué hacemos en Gestión Humana (2008); La paz laboral, costo o inversión (2012); Envigadeñas (2021) y 150 años después –Julio Vives Guerra-. Colaborador habitual de la revista La Vitrola y de El Envigadeño Medio de Comunicación, publicaciones de Envigado.






