Por Karen Londoño Muriel*
Al cabo Luis Vidal Gómez Restrepo la palabra “héroe” no le gusta y menos cuando la emplean para catalogar su trabajo. La entrega y dedicación por los demás que tiene este bombero de 46 años no conoce de distinciones, medallas o alabanzas, aunque sus acciones, en esencia, sí sean heroicas.
Desde hace más de 18 años decidió dedicar su vida a servir a otros como bombero, incluso se entrenó como rescatista junto a Sara, una canina que ya falleció y con quien atendió varias emergencias en la región, pero ninguna como la que le tocó vivir, junto a otros siete de sus compañeros, tras los terremotos ocurridos en Venezuela el pasado 24 de junio.

Un llamado demasiado pronto
No habían pasado 20 días desde que el cabo Gómez terminó, junto con 62 rescatistas y cuatro binomios caninos de diferentes regiones del país, el proceso de reclasificación de Naciones Unidas, certificado bajo estándares internacionales para responder a emergencias de gran magnitud en cualquier lugar del mundo, cuando a su teléfono empezó a llegar el mensaje de activación ante una emergencia.

“Yo no veo casi noticias. Cuando vi la activación pensé ¿será un simulacro o algo?, pero empezaron los compañeros a decir, «pilas que es en serio.» Entonces ahí mismo miré noticias y yo solo dije «Okay, esto va en serio.»”, cuenta Gómez en conversación con El Envigadeño.
Ese equipo recién reclasificado, del que él y siete bomberos más de Envigado hacen parte, es USAR COL-1, un escuadrón de élite especializado en búsqueda y rescate urbano, convirtiéndolos en la primera línea de respuesta del país ante las imágenes y noticias que llegaban de Venezuela.
Modo rescatista activado
Ese 26 de junio Luis tuvo que ir a recoger a su hijo de 13 años que estaba en una fiesta y explicarle que debía cumplir una misión para la que, aunque todos los equipos estaban listos, nunca se está completamente preparado.
“Le dije, hijo, nos tenemos que ir ya. (…) Es que me voy para Venezuela. Mi hijo preguntó «¿nos vamos de vacaciones?» Y yo, «No, me voy para Venezuela, ocurrió un terremoto y se quedó callado”, recuerda Gómez.
Esta era la primera vez que su hijo tenía que verlo partir para atender una emergencia de gran magnitud. Durante el día estuvieron viendo noticias juntos y las escenas de devastación que llegaban a través de las redes sociales y los medios de comunicación solo dejaron más preguntas.
“Le pregunté qué pensaba y me respondió «no sé, estoy asustado, ¿qué te puede pasar?»” explica el cabo añadiendo que tuvo que responder con la mayor sinceridad posible, admitiendo, ante su hijo, que “nos puede pasar de todo, pero estamos entrenados y el equipo no trabaja solo, entonces tranquilo, tú sabes que yo analizo muy bien los riesgos antes de tomar decisiones”.
Se despidieron y el modo rescatistas se activó de inmediato. Los cabos Juan Fernando Ospina, Gabriel Arturo Zapata y Luis Vidal Gómez y los bomberos Carlos Andrés González, Danny Alexis Cano, Wilson Enrique Ramírez, Luisa María Pineda y Fabio Andrés García estaban listos en la Estación de Bomberos Voluntarios de Envigado a la espera de la señal para abordar un avión rumbo a Bogotá y de allí, a Maiquetía, en Venezuela.

Para el cabo Gómez, lo más duro, cuando ya la adrenalina y el llamado están en su tope más alto, es tener que esperar. Y es que, durante emergencias de este tipo, siempre hay protocolos que seguir, lo que a ellos como rescatistas conscientes de que cada minuto importa, les genera un estrés con el que deben lidiar.
“La mente de uno sabe que entre más rápido lleguemos, más vidas podemos salvar, Entonces el estrés de eso le dice a uno suélteme que necesitamos trabajar, es lo más importante”, cuenta Luis.
La desolación
La primera acción en territorio que deben hacer los equipos de rescate como USAR COL-1 es dividirse en escuadrones y mientras el primero está en labores de rescate, los demás montan un campamento autosuficiente para descansar, alimentarse y cubrir todas sus necesidades.

El cabo Gómez pertenecía al equipo Bravo, es decir, el segundo en salir a campo y aunque su mente le gritaba que debía salir rápido a trabajar y estaba más que preparado para atender la emergencia, fue inevitable el golpe que recibió una vez abandonaron el estadio de Softball en el que se asentaron.
“Cuando salimos teníamos un vehículo militar, teníamos un acompañamiento, pero lo que vimos era muy grande. Literalmente desde que salíamos del campamento tú veías colapso, colapso, colapso, colapso, colapso, colapso, agrietamiento a punto de caerse, edificios grandes en el piso y eso sorprende”, recuerda Gómez.

Las jornadas de trabajo iban de entre seis y hasta 18 horas. Luis y sus demás compañeros estaban dispuestos a entregarlo todo y efectivamente lo hicieron durante unas 196 horas que estuvieron en territorio venezolano.
“Si logré dormir 10 horas fue mucho. ¿Por qué? Porque tu mente está pensando en que ya nos van a activar, además después, cuando empiezas a ver ciertas cosas, cadáveres, la emocionalidad de la gente que se acerca y te abraza buscando consuelo es muy duro, son cosas emocionales para las que uno no estaba preparado”, confiesa Luis.
“Topos y cucarachas”
La labor de búsqueda no es tan sencilla como llegar a quitar escombros y buscar. Los primeros en ingresar son los equipos que cuentan con perros y sonares que ayudan a detectar si aún hay sobrevivientes bajo los escombros, de allí sigue la labor del ingeniero que analiza la estructura colapsada e indica por dónde se debe romper e ingresar y finalmente entran los rescatistas a abrir caminos entre muros y enseres apilados, algo que pone sus propias vidas en riesgo en caso de una réplica o de que colapse el amasijo de cosas por el que se mueven.

“Yo trataba de no mandarle fotos a mi esposa, ella sabe del tema, aún así le llegaban fotos mías por allá metido. Uno se tiene que convertir en topo, en cucaracha, literalmente, pero agradezco a mi familia, a mis compañeros y a la fortaleza de la institución porque logramos sacar bien la estadía”, cuenta Gómez.
El golpe emocional
Durante las labores de rescate, según cuenta el cabo Gómez, el tiempo pasa volando. Más de una vez los médicos y psicólogos que asisten las labores tuvieron que acercarse a él para decirle que era momento de parar, que debía descansar, algo que se suma al estrés.
“Es fuerte el estrés que se vive allá, pero también las ganas de ayudar porque la gente está esperanzada”, recuerda.
Y como si eso no fuera suficiente, aparecen las frustraciones y el triste impacto de no encontrar vida, de entregar cuerpos sin vida a las personas que buscan a sus familiares o de saber que los minutos no alcanzaron para lograr un rescate.
“Hubo uno que nos marcó mucho y es que un equipo llegó, le marcó vida y trabajó. Llegamos nosotros a hacer el relevo, nos marcó vida y trabajamos. Llegó el relevo y ya no marcaba nada”, recuerda Gómez en medio de una avalancha de emociones. “Nosotros decíamos “¿cómo así? A estos les marcó, a nosotros también nos marcó y entonces… sigamos, desvíese acá y déle otra vez duro”. Y volvían equipos tecnológicos, perros y nada ¿y entonces qué pasó?, no alcanzamos”, añade.

Pero no solo el enfrentar la muerte genera un choque emocional. Otra de las cosas que más recuerda hoy el cabo Luis es que “muchos de los bomberos de allá no tenían las herramientas que nosotros tenemos. Muchos trabajan a mano limpia, inclusive yo regalé varios guantes”.
Un balance agridulce
Todo el equipo USAR COL-1 cuenta un balance de siete vidas rescatadas, entre esas el pequeño Moisés, el niño de La Guaira que se convirtió en una historia de esperanza que recorrió el mundo entero, rescate que estuvo apoyando la facción del cabo Gómez.
A pesar de ello, durante el tiempo que estuvo en territorio venezolano, el equipo de Bomberos Envigado logró la identificación y entrega a los familiares de tres cadáveres, una tarea que, aunque no se celebra, sí permite a los afectados dar un cierre y despedirse de las personas amadas, algo de lo que poco se habla en las labores de rescate.
Tanto Luis como sus siete compañeros ya regresaron y retomaron labores. Han recibido reconocimientos a nivel nacional, regional y local por su labor y entrega desinteresada durante la catástrofe, pero el corazón y la mente del cabo Gómez siguen en Venezuela.
“Voy a ser sincero, yo no me catalogo un héroe ni nada de eso. No me gusta esa palabra. Los reconocimientos los aceptamos porque la institución lo solicita, pero no porque sea de mi agrado porque yo considero que allá está la gente todavía trabajando, gente que está buscando sus cuerpos para darle una tranquilidad a sus familiares”, dice en medio de un mar de emociones a punto de derramarse por sus ojos mientras añade que “yo considero que podíamos estar más tiempo. Yo quiero dar más”.
Pero las decisiones de quedarse o volver no las toma él, así que una vez regresó, abrazó a su hijo y a su esposa y comenzó un proceso de sanación que incluye ejercicio, meditación, terapia psicológica y muchas lágrimas en compañía de su familia, porque tras vivir un evento como los terremotos del 24 de junio en Venezuela, a pesar de tener mucha preparación, ciertamente te cambian como persona.
*Periodista, comunicadora social y escritora envigadeña. Autora de la novela ‘Indeleble’ y colaboradora en la serie de relatos sobre el territorio ‘A morar la casa’.






