Por Silvana Tobón Cardona*
Registro fotográfico Alcaldía de Sabaneta
Después de pensar, dolerme, entristecerme y dialogar conmigo misma; después de leer y observar las críticas de personas conocidas y desconocidas en redes sociales; después de ver lo que sucede en Sabaneta —mi pueblito de amores y desamores, ese territorio que agoniza entre el olvido y la resistencia—, he decidido escribir lo que pienso y siento.
Este es mi grito ahogado en tinta, mi manera de abrazar a quienes, como yo, aún creemos que las palabras pueden sanar heridas, despertar conciencias y, quizás, sembrar esperanza.

Hace no muchos años, Sabaneta era un territorio pequeño donde las montañas se alzaban como guardianas verdes, donde el rocío de la madrugada tejía diamantes sobre las hojas de guayacanes y ceibas centenarias. Donde las quebradas cantaban, no con voz de lamento, sino con la fuerza serena de quien sabe que su cauce es vida. Sabaneta era eso, un suspiro de tierra fértil en el Valle de Aburrá, un lugar donde los niños perseguían mariposas amarillas y los ancianos contaban historias bajo la sombra de un platanal. Pero esta no es una fábula. Es la memoria de un territorio que hoy grita, que se desangra bajo el peso de una tragedia anunciada.

Ayer, la montaña se derrumbó. No fue un acto fortuito, ni un capricho de la naturaleza. Fue el desenlace de años de heridas abiertas, cicatrices en forma de excavadoras, bosques convertidos en escombros, ríos entubados en hormigón. La tierra, cansada de soportar tanto peso, se deshizo. Los cerros que resistieron milenios cayeron en horas, arrastrando consigo casas, sueños, raíces. Las quebradas, asfixiadas por toneladas de cemento, recuperaron su furia ancestral y rompieron las cadenas que les impusieron.
Técnicamente, lo sabemos, la impermeabilización del suelo por urbanización desmedida impide que el agua infiltre, que la tierra respire. Cada edificio de diez, veinte, treinta pisos, cada centro comercial que reemplaza un humedal, cada calle que pavimenta un jardín, es un clavo más en el ataúd de un ecosistema. Los pumas, otrora señores silenciosos de estos bosques, hoy son fantasmas que vagan sin corredores biológicos. Las plantas nativas como los guamos, balazos, sietecueros, aquellas que tejían redes con sus raíces para sostener la tierra en invierno, fueron borradas por jardines estériles de ornamentos importados.

Pero detrás de los datos hay un dolor humano. Hay madres que abrazan a sus hijos mientras la lluvia cae sin clemencia, preguntándose si esta noche el río de lodo llegará a su cama. Hay campesinos, si, los hay y pocos, que ven cómo el agua se lleva los cultivos que heredaron de sus abuelos. Hay ancianos que lloran al mirar el cielo y no encontrar la luna, porque hasta las estrellas han sido apagadas por el resplandor artificial de una ciudad que crece sin piedad.
Y este es el precio de olvidar quiénes somos. Sabaneta, el municipio más pequeño de Colombia, es también un espejo de lo que nos está pasando como sociedad. Su patrimonio, no son solo casas antiguas o tradiciones folclóricas, es la relación sagrada entre comunidad y territorio. Aquí, cada ladera tenía un nombre, cada camino una historia. El “vallecito de encanto”, ese símbolo querido que resiste en la plaza principal, no es solo una estatua, es la metáfora de una identidad que se tambalea bajo proyectos urbanísticos sin alma, diseñados para llenar bolsillos, no para alimentar espíritus. Eso pasa cuando el progreso se viste de egoísmo.

Los gobernantes de las últimas décadas hablaron de “futuro”, pero su lenguaje fue el de la codicia. Permitieron que especuladores convirtieran montañas en lotes, que bosques se vendieran como oportunidades de negocio, que el aire puro se cotizara en metros cuadrados. Soñaron con una Sabaneta moderna, pero la modernidad que ofrecieron fue la de la desconexión con la tierra, con la memoria, con las comunidades.
Y el 8 de mayo, el territorio cobró factura. Las quebradas desbordadas no distinguieron entre ricos y pobres; el lodo sepultó la indiferencia. Las grietas en el suelo son también fisuras en un modelo de desarrollo que prioriza el concreto sobre la vida, el individuo sobre lo colectivo.
¿Dónde queda la esperanza? Entre la rabia y la semilla. García Márquez escribió que la tragedia era evitable si alguien hubiera escuchado los presagios. En Sabaneta, los presagios fueron los murmullos del viento cortados por las grúas, el silencio de los pájaros desplazados, las quebradas que gemían en cada aguacero; y los que alzamos la voz y fuimos también silenciados con amenazas. Pero nadie quiso escuchar.
Sin embargo, aún queda un hilo de luz. En medio del caos, vecinos se unen para cavar zanjas, para abrazarse, para compartir un plato de comida. La esperanza está en entender que el “progreso” no puede ser una excusa para arrasar lo sagrado. Necesitamos líderes que planifiquen con los pies en el barro y la mirada en el horizonte, no en las cuentas bancarias. Que reconozcan que una ciudad sostenible no es la que tiene más edificios, sino la que sabe convivir con sus ríos, sus bosques, sus leyendas.

Y si, esto es un llamado a la conciencia y ver a Sabaneta como un espejo. Lo que sucede aquí es un reflejo de lo que ocurre en todo Antioquia, en toda Colombia, en un mundo donde el afán de crecimiento ignora los límites de la naturaleza. Si permitimos que Sabaneta muera, perderemos un pedazo de nuestra alma colectiva. Y si eso pasa en el municipio más pequeño del país, ¿qué podemos esperar?
Hoy, más que nunca, debemos replantearnos la existencia. ¿Qué futuro queremos? ¿Uno donde los niños crezcan sin ver las estrellas, donde los ríos sean cloacas, donde el miedo a los derrumbes sea cotidiano? ¿O uno donde el progreso se mida en raíces restauradas, en cielos despejados, en comunidades que cuidan su territorio como un altar?
La tierra de Sabaneta aún late bajo el cemento. Sus montañas caídas nos recuerdan que, aunque el daño es profundo, no es irreversible. Pero el tiempo apremia. Esta no es solo una batalla por salvar un pueblo, es una guerra por redefinir qué significa vivir, y sobre todo, qué legado estamos dispuestos a dejar.
Que esta tragedia no sea en vano. Que el lodo que arrasó esas nobles almas y las calles, lave también nuestra ceguera. Porque, como escribió el poeta, “solo cuando el último árbol esté muerto entenderemos que el dinero no se come”. Sabaneta clama por un futuro donde el jaguar pueda caminar de nuevo, donde las quebradas vuelvan a cantar, y donde los sueños no se construyan sobre escombros.
¡Nos debemos esa utopía!
Sabaneta, mayo 9 de 2025.
*Historiadora, escritora y gestora cultural, con amplia trayectoria en investigación de patrimonio, memoria y medio ambiente. Ha coordinado proyectos socioculturales, evaluado iniciativas artísticas y participado en publicaciones y foros académicos en Colombia e Iberoamérica. Su trabajo combina rigor intelectual con un compromiso por la transformación social.




