Por Jaime Alberto Palacio Escobar*
Eliseo Velásquez y su familia dejaron su natal Amagá en los años setenta del siglo anterior para radicarse en Envigado. Lo eligieron como destino por ir tras la huella en la historia de su familia en la que se decía que eran descendientes de colonizadores y arrieros Envigadeños.
Se instalaron en el barrio El Salado que tenía una atractiva mezcla de zona urbana y rural muy cerca a los afectos de él y, además, parecido a lo que dejó atrás. Una vez acomodados, Eliseo empezó a preguntar por el comercio de variedades en el municipio, tema que le atraía mucho y con el que pensaba podría encontrar el modo de sustento para su familia. Con datos de algunos almacenes, direcciones y nombres de sus propietarios, bajó al pueblo a hacerles un reconocimiento, conocer el surtido, precios, exhibición, etc.
Luego de pasar la Iglesia de San José siguió hacia el parque por el pasaje Jaramillo; allí en la mitad de una cuadra se encontró el primero, Almacén Norha, típico de barrio, cercano y de buen surtido. Un poco más adelante, hacia el norte, vio la Cooperativa de Rosellón, un edificio de tres pisos que era un gran almacén de variedades para los afiliados a la cooperativa de esa empresa textilera (Coltejer). Caminó en dirección al parque y se encontró con el Colegio La Salle, bajó a la Plaza de Mercado y ¡oh sorpresa!, vio cinco almacenes muy cerca los unos de los otros: el Jamaica del que le dijeron era de don Eleazar Ruiz; Al Día de don Dionisio Arango; la Garantía de don Gilberto Piedrahíta; a todo el frente de la plaza el almacén Magola que lo administraba Stella Agudelo; en la otra calzada, también al lado de la plaza el Benitín del mismo patriarca Eleazar Ruiz y un poco más abajo el de Oscar Ruiz.

Eliseo no salía del asombro al ver que sin moverse de la esquina ya había identificado varios almacenes, preguntó por uno del que le hablaron, el Ideal, llegó allá y logró saludar a su propietario don Pastor Garcés Londoño, quien lo recibió, le mostró el negocio y un rato después le compartió algunas de sus creaciones literarias, poéticas y periodísticas.
Se dirigió a la plaza principal y allí se encontró con el maravilloso almacén de doña Teresita Uribe. Todo fue novedad para él, la puerta principal con el exhibidor de hilos, los inmensos cuadernos para las notas crédito escritas con una pulcrísima caligrafía, el surtido y ella, doña Teresita, una mujer emblemática en Envigado. De nuevo subió a la Plaza de Mercado por la calle 20 (hoy 38 Sur) y se emocionó al ver que, en una cuadra de la carrera 13 (hoy 41) había cinco almacenes: El Sonia de don Gonzalo, siempre de corbatín; el Gloria, también de una familia Ruiz, primos de los anteriores; el Darlove, de Darío Londoño Vélez; el Baratón y el Nieves, de don “Manuel ochenta”, como le decían todos los lugareños a su propietario. De este último hacia la derecha por la calle 21 (hoy 37) se encontró el Lucania, de doña Margarita Atehortúa. Imposible no mirar en esa misma calle, cerca al parque, el Chiquilina, de doña Eunice Molina que, si bien no era de variedades, fue muy reconocido por su oferta de ropa de marca.
Cuando vio el almacén Norha se dio cuenta que era atendido por su propietaria y lo mismo le pasó con el de doña Teresita Uribe, variedades Gema, el de Berenice Díaz y el almacén Herlinda, de doña Herlinda Monsalve en el barrio El Dorado, que tenía además una particularidad, se atendía por la ventana.

Seguramente los que le hablaron a Eliseo Velásquez de los almacenes de variedades no alcanzaron a saber que la oferta era tan amplia en tan pocas escuadras a la redonda. Para él fue maravilloso saber que un municipio como Envigado, en transición a ciudad, pudiera tener una vocación comercial tan atractiva, al punto de que los ciudadanos no tuvieran que ir a la capital, porque en el centro de Envigado estaba todo lo que sus familias necesitaran.
Con los años llegaron las grandes superficies con su amplia oferta de retail y ahí la realidad ya fue otra. Esos almacenes tan grandes se tragaron a los pequeños y pocos han logrado sobrevivir con el tiempo buscando mantener un nicho de clientes tradicionales y cercanos.
Mientras tanto, Eliseo de regreso a El Salado pudo darse cuenta de que, del intercambio de mercancía de sus antepasados arrieros, a la vocación comercial de esas dos o tres décadas y el florecimiento del gran comercio especializado, todavía debería quedar espacio para el pequeño comercio de barrio. Se le vino a la cabeza esa idea sin saber que muchos años después alguien lo volvió realidad en el barrio El Dorado con el almacén “El Desembale” en el que se puede encontrar un pliego de cartulina rosada o un contrato de trabajo forma Minerva un domingo a las nueve de la noche para la tarea de la hija del día siguiente de la que sólo se acordó justo a esa hora.
*Envigadeño raizal, nacido en 1958. Autor de los libros: Al final de cuentas, qué hacemos en Gestión Humana (2008); La paz laboral, costo o inversión (2012); Envigadeñas (2021) y 150 años después –Julio Vives Guerra-. Colaborador habitual de la revista La Vitrola y de El Envigadeño Medio de Comunicación, publicaciones de Envigado.





Excelente comunicado.
Gracias por escribirnos. Así es, es una grata lectura.
Excellente reseña. Fue como dsrme un psseo por Envigado cuanfo tenia 12/14 años. Faltaron algunos. El almacén de Berta Marin y el de Variedades y Adornos de Ana Rosa Parra.
Una idea. Que tal las agencias de abarrotes y las tiendas principales de barrios.
Gracias por escribirnos.