Por Jaime Alberto Palacio Escobar*
Imágenes suministradas por el autor.
Voceadores en las calles han existido desde tiempos inmemoriales. Esos personajes que van de aquí para allá y con el lenguaje oral construyen cultura de la información al instante para todos los ciudadanos en las calles y en los barrios. Voceadores, mensajeros, buhoneros, perifoneadores, variantes de una misma condición, que ha hecho parte de la comunicación popular, que se ha mantenido en el tiempo e, incluso, hacen parte de la memoria de las comunidades.
En la antigüedad hubo un ejemplo célebre que, con el tiempo, se convirtió en leyenda. La historia registró la gesta de Filípides quien corrió más de 40 kilómetros para contarles a los atenienses que habían triunfado en la batalla de Maratón sobre los persas. Al igual, desde el siglo XVIII existieron en España los serenos, personajes que recorrían las calles anunciando la hora y el estado del clima: “Son las 12:00 y está sereno” era la frase emblemática en cada recorrido.
En Colombia ha habido abundancia de esas experiencias, casi todas con dosis de humor y picardía en los mensajes que se transmiten. En el Caribe, hasta hace poco, disfrutamos de unos voceadores que, en una bicicleta con techo, recorrían las calles polvorientas de los pueblos llevando razones, solicitando citas de unos con otros, entonando mensajes de amor y vendiendo boletas para rifas, voceadores que conocían todos los detalles de la vida de las familias y las calles. Se decía incluso que el perifoneador ostentaba cierto poder e influencia por la calidad y cantidad de información que acumulaba en cada recorrido.
En nuestro Envigado hubo muchos voceadores reconocidos, propios del paisaje urbano, con un historial tan representativo que aún después de muchos años se conserva su recuerdo. Lo común de casi todos ellos era su tarea de promoción de productos y servicios. Vale la pena recordar algunos entre tantos que hubo en los barrios, sobre todo aquellos que, con el pasar de los años, todavía están en la memoria.
El paletero, que con un carro con unas campanas salía los domingos y decía: «paletas de mantequilla, leche y miel las que comieron los reyes magos»; el que vendía galletas negras, que promocionaba diciendo “las cacorras, lleven las cacorras”; otro famoso que vendía buñuelos cerca a San Marcos, llegó el buñueeeeeelo y el que vendía el periódico y decía de una manera muy graciosa el nombre de El Colombiano: “biano, tengo el biano”, nunca mencionaba el nombre completo del diario.

En La Magnolia hubo un señor que vendía moras, cargaba dos canastas al son del mismo verso: “mora de castilla lla lla lla” y con cada bolsa que vendía se tomaba un aguardiente en la siguiente tienda que encontraba. Al final de la tarde, obvio, ya no era sujeto y olvidaba las canastas en las tiendas por las que pasaba. Lo curioso es que al día siguiente empezaba de nuevo la misma faena.
Nunca supe cómo se llamaba “corazón”, tal vez Samuel como el hijo, un señor que no era exactamente voceador, pero se pasaba todo el día por las calles, borrachito, llamando a su esposa Esther. Con vestido de paño, camisa de manga larga, sombrero y descalzo recorría las calles gritando y con un mensaje cantadito llamando a su amada mujer.
En el estadio donde juega el Envigado Fútbol Club ha permanecido vigente el vendedor de las embaladoras, un joven ayer, adulto hoy, que con una olla san- cochera recorría las gradas ofreciendo unas tortas de harina y bocadillo a las que llama embaladoras. Después de muchos años se le acabó la voz y todavía las ofrece golpeando la olla con una cuchara.

¿Habrá algún envigadeño que no distinga a Carlos Arturo Jaramillo Restrepo? Todos los días se le veía en un desvencijado Renault 6 haciendo perifoneo a mañana y tarde por todas las calles, con ofertas variadas de negocios y productos y anunciando conciertos. Ese mismo personaje en las noches fungía como director de la agrupación musical Los Elphos.
Otro al que a las 6:00 am de cada día se le escucha con el mismo sonsonete: “sombrillas se arreglan, se arreglan sombrillas”. Sólo lo escucho en el verano, no sé a qué se dedicará ese señor en el invierno. Últimamente ha parecido el chatarrero que compra toda suerte de objetos viejos. Mientras ofrece comprar, vocea duro su número de contacto para personalizar las transacciones. La que vende mazamorra es una joven con una inconfundible entonación que se escucha todos los días en la mañana: “mazamorra pilada, azamorra.” Hace muchos años escuchábamos todos los días: “tamales de Santa Elena, más buena la masa que la carne” y no sé qué cambió en el producto, pero por estos días solo repiten el origen del tamal y el precio.
En el Barrio Mesa había un voceador muy particular que ofrecía el formulario para una apuesta en el torneo de fútbol profesional colombiano, la apuesta se llamaba Totogol y el voceador la ofrecía como “hay roto gol”. Igualmente hubo en ese barrio otro que vendía una especie de lotería que se llamaba Lotín, el vendedor lo ofrecía como: “tengo lotín amuculao”. Inolvidable el afilador de cuchillos y tijeras y el que cogía las goteras de los techos, ambos con un tonito y melodía que todo el mundo reconocía.

En mi barrio hay unos vecinos de los que sólo sé que son costeños, aún no logro identificar si son del Caribe o del Pacífico. Lo único cierto es que tienen unas costumbres cotidianas propias de cualquier pueblo costero: la puerta de la casa permanece abierta, el piso impecablemente trapeado, todos los días se escucha el Gran Combo de Puerto Rico a un volumen audible en la calle. Temas como Compañera mía, Arroz con habichuelas son del gusto de la vecina, mucho más Timbalero, que se escucha incesantemente todos los días. Pareciera que la vecina nos invita a una fiesta permanente y es bonito ver la manera como muestra el goce a sus vecinos del barrio que, entre otras cosas, le debe parecer muy frío. Nos conecta así con el sonero Charlie Aponte para que nos invite a gozar. Un “voceador” como ese nadie se lo esperaba. ¿Y en mi barrio?
*Envigadeño raizal, nacido en 1958. Autor de los libros: Al final de cuentas, qué hacemos en Gestión Humana (2008); La paz laboral, costo o inversión (2012); Envigadeñas (2021) y 150 años después –Julio Vives Guerra-. Colaborador habitual de la revista La Vitrola y de El Envigadeño Medio de Comunicación, publicaciones de Envigado.




