Por Jaime Alberto Palacio Escobar*
Imágenes suministradas por el autor.
No creo conocer muchas personas como Gonzalo Santamaría, un personaje al que el destino le fue mostrando en pequeñas dosis todos los elementos que en algún momento de su vida harían síntesis en una profesión para la que estaba signado: maestro y orientador de jóvenes en unos saberes y unas habilidades que atravesaban la imagen, el rigor de la línea, la claridad de la copia, el sentido estético del dibujo, incluso el más técnico y, sobre todo, una apreciación artística de la realidad de cada joven para ayudarle a despertar una sensibilidad y una mejor consciencia en la relación con el entorno.
Al terminar sus estudios secundarios ya tenía una convicción clara para su futuro y había tenido una experiencia reveladora para su contacto máximo con la imagen: los suyos serían los oficios manuales y se propuso resolver la “curiosidad escondida de la fotografía detrás de las imágenes”, sacando las primeras copias de imagen cuando aún era adolescente. Dos aproximaciones que en el tiempo y en el espacio de su joven vida, hasta ese momento, permitirían que sus aprendizajes fueran tan diversos como complementarios. Por eso pasó por aulas de estudios postsecundarios de biología, bioquímica, mercadotecnia, publicidad, tecnología textil, dibujo técnico y hasta literatura.

Tanto saber acumulado en tan poco tiempo debería tener espacios de validación para que fuera productivo y se pudiera poner al servicio de otros. La docencia como profesión y la fotografía como oficio se develaron como las mejores posibilidades para su desarrollo personal y profesional. Los colegios La Salle y San José lo acogieron como docente durante 33 años. Como fotógrafo ha logrado conservar un archivo de más de 25.000 fotografías que dan cuenta del sentido estético y el compromiso de un ciudadano que ve en un parque, una esquina, una vía pública, un bosque, en los rostros de los ciudadanos la mejor oportunidad de conexión para que todas esas imágenes se mantengan en el tiempo como reflejo de una memoria viva e imperecedera del pueblo de ayer y de la ciudad de hoy. Algunas de ellas hacen parte de la hermosa edición del libro Imágenes de Envigado 1860-2006, publicado en 2006.
Si son tantos miles de fotografías, ¿cuántos serán los alumnos que a lo largo de 33 años como profesor estuvieron bajo la égida de Gonzalo? ¿Qué le quedó a cada uno de ellos de sus enseñanzas en el momento en el que fueron sus alumnos y en sus vidas futuras? Tantas interacciones entre él y ellos, en momentos pedagógicos inspiradores, debieron haber servido para que algunos encontraran inductores para sus proyectos de vida personales.

Creo firmemente que un sello de su identidad es haberse propuesto ser, a lo largo de tantos años, un verdadero dibujante de la estética, principio rector de vida que se vio reflejado en cada experiencia de enseñanza y aprendizaje con los estudiantes. También, apreciar la belleza en cada fenómeno natural o en cada situación diaria es un legado infinito para quienes, en algún momento de su vida, fueron alumnos de Gonzalo Santamaría. Un artista, un verdadero maestro, un profesor que les enseñó a apreciar el arte, un humanista de los de verdad, un verdadero cultor de la perfección de la imagen, un extraordinario vecino, son algunos de los atributos que expresan quienes aprendieron con él y, muchos años después, así lo recuerdan ante una pregunta espontánea.
Desde los primeros contactos con la copia de la imagen, hasta llegar a ser un eximio fotógrafo reconocido por todos, le faltaba una nueva experiencia para hacer una maravillosa síntesis de su producción artística: transformar la fotografía en un dibujo con plumilla. Veinte reproducciones son testigos de una madurez como artista y, sobre todo, de una consistencia llevada al extremo de lealtad sobre su vocación de joven, perfeccionada a la largo de su vida: lo suyo es la imagen y el oficio manual.
Para encontrarlo no hay que hacer mucho esfuerzo; con frecuencia se le ve “tintiando” con sus amigos en una esquina de su amado barrio Los Naranjos. Claro, es que es un hombre sencillo, de barrio, uno de aquellos que cree que es más importante ser amigo de sus amigos.
*Envigadeño raizal, nacido en 1958. Autor de los libros: Al final de cuentas, qué hacemos en Gestión Humana (2008); La paz laboral, costo o inversión (2012); Envigadeñas (2021) y 150 años después –Julio Vives Guerra-. Colaborador habitual de la revista La Vitrola y de El Envigadeño Medio de Comunicación, publicaciones de Envigado.




