En Castor Arango, comerciante, padre acompañante y creyente, se cruzan sostén material y escuela de mirada. Con él, Débora iba a misa y, en el trayecto, se topaba con quienes dormían en la calle. Esos recorridos, entre templo y acera, reencuadraron la ciudad: la Medellín que se modernizaba en los años treinta —industria, migraciones, consumo— exhibía, sin embargo, pobreza, prostitución y hambre. La religiosidad familiar no excluyó la compasión ni la crítica; más bien afinó una sensibilidad ética que, con el tiempo, señalaría la rigidez clerical y la doble moral sin dejar de ser creyente. El apoyo del padre —tiempo, recursos, libertad de movimiento— y su presencia cotidiana en el tránsito urbano ofrecieron a Débora un laboratorio de observación social: rostros, cuerpos, jerarquías. Allí madura la artista que entiende el arte como acontecimiento de época y no como adorno. Desde esta experiencia, “Familia” no será mera escena doméstica: se volverá el lienzo donde lo íntimo revela, ya sin velos, el conflicto social.
* Publicación realizada de manera colaborativa entre El Envigadeño y la historiadora Sara Fernández Gómez, quien hizo el guion y las reseñas de las obras que publicaremos durante los 24 días.
Imagen tomada del catálogo del Museo de Arte Moderno de Medellín





