Débora toca lo que entonces parecía intocable. Claustros, celosías y corredores sin fuga: arquitectura del control. La religiosidad se muestra ambivalente —interioridad, sí, pero también sombra que disciplina cuerpos—. No se trata de anticlericalismo fácil, sino de una lectura histórica de cómo el orden eclesial regula afectos, saberes y posiciones. La artista desmonta el barniz sacro para mostrar la gramática del encierro y sus efectos. El ojo que aprendió a mirar la calle aplica aquí el mismo rigor: no hay excepciones morales para las instituciones. La imagen no niega la fe, niega su utilización como herramienta de dominio.
* Publicación realizada de manera colaborativa entre El Envigadeño y la historiadora Sara Fernández Gómez, quien hizo el guion y las reseñas de las obras que publicaremos durante los 24 días.
Imagen tomada del catálogo del Museo de Arte Moderno de Medellín.




