Por Juan Carlos Luján Sáenz*
Despuntaban los años ochenta y muchas vecinas decían que aquellas eran músicas de camajanes y de cuchilleros sin oficio, quienes, se murmuraba en las cuadras, lo único que hacían era piropear muchachas y esperar a que ‘cayera’ alguna vuelta rara que les permitiera conseguir las legumbres para el sancocho y por ahí derecho el trago y la ‘yerba’ para aguantar el voltaje de la noche y de la madrugada. Las doñas escandalizadas, rumbo a misa de siete de la mañana, se los encontraban sentados o acostados en las aceras con el sonido ya gangoso de las grabadoras, cuyas pilas estaban igual de gastadas que el cerebro de sus dueños, por lo que apenas dejaban escapar sones cansados y moribundos. Eran tiempos de narcos, de pantalones bota campana y de peinilla en el bolsillo de atrás.

El seis chorreao y el Jala jala de Bobby Cruz y Richie Ray sonaban en las esquinas de ese Envigado viejo, mientras que en otras eran Juanito Alimaña o Pedro Navaja los que ‘adoctrinaban’ con eso que llamaban salsa y que hablaba, mi “brother”, de jibaritos, guapos, murgas, fumas, soneros y ese barrio universal en el que poco se vivía y mucho se sobrevivía. Las eles reemplazaban las erres en lo que era la ‘evangelización’ de la “Real Academia Caribeña de la Lengua”, presidida por sus majestades Lavoe, Blades y un tal Willie Colón, el tridente inmortal de este ritmo marginal que enarbolaba las banderas de la resistencia latina, que reivindicaba la identidad de los “nadies” y que les otorgaba voz a los migrantes, quienes, con sus costas, montañas y ciudades en sus maletas, subían del Caribe y el norte de Suramérica a los Estados Unidos en busca de la esperanza económica que acá se les negaba. Perseguían el sueño americano, un lugar común en el que todos querían vivir.

Esa música endiablada y fiestera hace parte de mis primeros recuerdos de calle y de barrio en aquel Envigado ochentero en el que la mayoría de gente, si no se conocía, se distinguía; y era escuchada en las enormes grabadoras que se compraban en los sanandresitos o traían el primo o el tío rico del ‘otro lado’ (como llamábamos a los Estados Unidos en estos parajes). Entiendo que ya se oían los primeros sones en Latina Stereo y que era de la propia emisora, sintonizada en toda clase de radios, de la que la muchachada tomaba las canciones en casetes vírgenes o robados de las casas cuando sonaban Pedro Navaja, Todo tiene su final o Corazón guerrero. Era una labor de máxima concentración y habilidad que de no salir bien era castigada con, como se decía en la época, un ‘tren’ de calvazos y de pata por no atinar con la operación. Es que sí, había que esperar horas para que de nuevo pusieran a sonar estos himnos salseros y de nuevo comenzar la tarea: “Pilas pues, concentráte que puede ser la canción que sigue”, le sentenciaban al encargado de la misión. Lo otro era comprar los long play o los casetes en las tiendas de discos, pero eran pocos los que podían acceder a tan costoso privilegio.

Fue allí donde nos hicimos amigos de Willie, ¡vaya confianzas! y comenzamos a predicar sus letras como quien habla de filosofía: “Nadie es bueno, nadie es malo, completamente” y gracias a su inspiración dedicamos Gitana, Idilio o Sin poderte hablar, nos terminaron el noviazgo con Cueste lo que cueste, lloramos con Andrés al recibir la llamada con la última noticia de su hijo Simón en El gran varón, fuimos dueños de un continente y su “mar de agua y tiempo” con Asia y nos indignamos en Talento de televisión porque la mamita (tomando prestadas las palabras de Willie) “no tiene talento pero es buena moza”, por mencionar solo algunas de sus decenas de canciones.
El pasado 21 de febrero de este año, como diría el también maestro Rubén Blandes, Willie cambió de barrio y partió a donde viven sus letras: la eternidad. Todos estos días no he parado de volver a escuchar sus canciones y de tratar de entender por qué los humanos —en este caso un equis como yo— nos enganchamos de una forma tan familiar con personas que nunca se enterarán de nuestra ordinaria existencia y con las que nunca cruzaremos una palabra, pero que cuando mueren, sentimos que con ellas se va parte de lo que somos y, además, de cómo nos recordarán.

Gracias a Willie por cantarle al barrio, por traerme en sus letras al Envigado viejo y salsero que conocí cuando apenas le abría los ojos a la vida. Gracias por ese parlache caribeño y neoyorquino que se irrigó por el continente, y gracias por esas letras con las que celebramos comienzos, lloramos despedidas y seguimos entendiendo eso que llaman vida. Y gracias, sobre todo, porque con la salsa tengo la misma sensación que el Negro Fontanarrosa tenía con las transmisiones radiales de los partidos de fútbol: escucharlas, decía él, significaba que el mundo giraba sin contratiempos. Eso me ocurre cuando en bus sintonizan Latina Stereo; cuando un taxista o conductor pone a Cheo, Maelo o a Richie Rey y Bobby Cruz; o cuando de una casa de puertas abiertas se escapa la voz de Héctor, Rubén o el mismo Willie. Todo está bien, pienso, cuando me los encuentro a ellos de sorpresa en la calle o, mejor aún, en el barrio de mi infancia, Los Naranjos.
¡Hay luto en el barrio!, porque, aunque estos sones nos conecten con la niñez o la juventud que alguna vez fuimos, también nos recuerda lo mortales que somos y el pasado que seremos cuando, como Willie, cambiemos de barrio porque, como en Todo tiene su final, “yo sabía que un día tenía que acabar”.
* Periodista, profesor y editor.




